jueves, 14 de octubre de 2021
A machete voy
miércoles, 9 de junio de 2021
Cuarto y mitad de cuarteta
¿Salitre?
El mismo que hay en casa
¿La casa?
Del levante y del Poniente
¿Poniente?
El que acelera mis latidos
Latidos de tu corazón caliente.
Caliente como el abrazo que me dejaste pendiente.
Pendiente que encontraste en mi mesita de noche.
Noche de locura en la que yo aprendí a quererte.
Quererte fue del día el mejor broche.
Broche que apretaba mi garganta con su aguja.
Aguja del reloj que nos marcaba ya las doce.
Doce campanadas por el año que le suman.
Suman, pero nunca multiplican nuestras voces.
Voces
Que padecen y sienten.
Que callan y mienten.
Que saben a fuego.
Voces de serpiente.
Que se marchan del juego.
Que no son valientes.
Y te inyectan veneno.
¡Voces para siempre!
lunes, 31 de mayo de 2021
Amor kafkiano
Todavía recuerdo aquella mirada furtiva rebozada en eyeliner clavándose en mis acordes. Ese perfume con aroma a probador del bershka que me enamoró desde el primer minuto. Aquella canción interminable que hablaba de mí, pero sin hablar de mí. Esa nota desafinada que no era sino una muestra de su inconmensurable talento.
Tantas cosas me recuerdan a ella que podría llenar un libro de mil páginas con metáforas y descripciones confusas. Porque no me pagan, pero cuando me paguen por escribir gilipolleces, y no miro a nadie, os invitaré a una cervecita en este antro del demonio que os dibujaré a continuación.
El luto como nota predominante. Las canciones de amor como banda sonora. El aplauso condescendiente del populacho como alimento del ego del pobre infeliz que salía al escenario.
En las paredes había un collage de personajes famosos, entre ellos el dueño del bar. Los lavabos eran perfectos para el cruising o para leer algo de filosofía. El arte de follar con el del pensamiento entrelazados en una bonita encimera, donde lo mismo cabía un culo que el mito de la caverna de Platón.
Las mesas estaban muy bien para su edad. La comida no merecía la gente que tenía y la guitarra se moría de ganas por sentir los dedos de un buen músico entre sus cuerdas, tanto que por la noche se tocaba; sólo así llegaba a la afinación.
Y ahí estabas tú, con tu doble cerveza esperando a que el presentador pronunciara tu nombre. Rebotando tu pierna impaciente contra el suelo, mordiéndote las uñas postizas y liando el ultimo cigarro que te quedaba.
-Buenas noches, voy a cantar, let it go de Frozen-
La gente no sabía donde meterse, bueno, sí lo sabían, en el baño. Pero yo me refiero a la vergüenza que hiciste pasar a tanto intenso. Almas huérfanas de emociones que esperaban una poesía mal recitada sobre tu vida sexual o tu última ruptura, pero no, cantaste frozen.
"Suéltalo, suéltalo"- cantaba la gente-, pero no para hacerte los coros; se referían al micrófono, porque aquello era una tortura digna de la santa inquisición.
Al final salí contento porque hiciste lo que te dio la gana, de eso iban los micros abiertos. Pero creo sinceramente que aquella noche te abriste demasiado, porque me mostraste que no sentías, que sólo cantabas.
Justo antes de bajar la persiana encontré en la basura de la entrada un folio arrugado con tu poesía.
Tú te quedaste con la duda, yo me quedé con las ganas.
miércoles, 3 de marzo de 2021
El faro de San Sebastián
Aún recuerdo aquella noche de enero como si fuera ayer. La humedad calando hasta lo hondo de mi pecho, las olas rompiendo contra las rocas y el tibio sonido de la espuma desvaneciéndose en la orilla plateada.
Esa mañana nadie durmió lo suficiente. El repertorio repicaba en nuestras cabezas sin sentido, letras inconexas que ya no rimaban, que solo repetíamos como tareas programadas. La tarde anterior cantamos donde lo había hecho "Er Chele", y yo creo que eso fué lo que nos proporsionó el empuje sufisiente pa revolusionarnos ya del tó...
Algunos lo hicieron mirando el cielo, otros preferían la química del diablo y otros la música de la viña.
El ensayo en la peña como siempre, flashblacks de Vietnam, para qué nos vamos a engañar. Pasacalle cortito y al pie; credenciales por doquier; el forillo eterno y purpurina hasta en los huevos (metafóricos los huevos).
—¡Los guitarras, id bajando!
—¿Tan pronto? Si el coro todavía va por el popurrí, quedan por lo menos cuarenta minutos.
—¿Tú tienes afinador?
—Afinador no, tengo ansiedad.
—Me vale, vámonos para el escenario.
Total, que ahí estábamos los tres, escuchando el popurrí del coro mientras afinábamos las guitarras y Miguel Ángel Fuertes nos tranquilizaba diciéndonos que nos diéramos prisa, que el coro ya estaba terminando.
De la actuación no recuerdo mucho, mi cerebro se esfuerza en borrar todas las experiencias traumáticas, y a pesar de que últimamente no de abasto, el chaval cumple. El pitorreo de las redes, las octavillitas pitingueras y gente de derechas con el puño en alto...
Lo mejor vino después.
El camino del Falla a la peña fue casi más corto que el pasacalle, recuerdo que me cambié corriendo y apenas tuve tiempo para despedirme de mis compañeros. Cogí al más listo del lugar y nos fuimos a dar un paseo.
Y allí, a las 4 de la madrugada, frente al faro de San Sebastián y África por delante me di cuenta de lo que quería ser de mayor: Libre.
Reírme de la vida, hacer las cosas porque no y porque sí, sin rendir cuentas a nadie, sin pedir permiso. No sé si fue la fuerza del padre de los vientos o el silencio estremecedor después del jolgorio del populacho, lo cierto es que algo en mí se encendió aquella noche. Un proceso en espera que pasó a ejecutarse en ese mismo instante, como si el planificador de mi alma decidiera que aquel era el lugar y el momento.
Cada noche, cuando pienso que no puedo más, cuando el peso del pesimismo hunde los soportes de mi cordura, viajo hasta aquel mismo instante, para volver a volar, para volver a viajar a donde me de la gana.
Cádiz es inevitable.
