Todavía recuerdo aquella mirada furtiva rebozada en eyeliner clavándose en mis acordes. Ese perfume con aroma a probador del bershka que me enamoró desde el primer minuto. Aquella canción interminable que hablaba de mí, pero sin hablar de mí. Esa nota desafinada que no era sino una muestra de su inconmensurable talento.
Tantas cosas me recuerdan a ella que podría llenar un libro de mil páginas con metáforas y descripciones confusas. Porque no me pagan, pero cuando me paguen por escribir gilipolleces, y no miro a nadie, os invitaré a una cervecita en este antro del demonio que os dibujaré a continuación.
El luto como nota predominante. Las canciones de amor como banda sonora. El aplauso condescendiente del populacho como alimento del ego del pobre infeliz que salía al escenario.
En las paredes había un collage de personajes famosos, entre ellos el dueño del bar. Los lavabos eran perfectos para el cruising o para leer algo de filosofía. El arte de follar con el del pensamiento entrelazados en una bonita encimera, donde lo mismo cabía un culo que el mito de la caverna de Platón.
Las mesas estaban muy bien para su edad. La comida no merecía la gente que tenía y la guitarra se moría de ganas por sentir los dedos de un buen músico entre sus cuerdas, tanto que por la noche se tocaba; sólo así llegaba a la afinación.
Y ahí estabas tú, con tu doble cerveza esperando a que el presentador pronunciara tu nombre. Rebotando tu pierna impaciente contra el suelo, mordiéndote las uñas postizas y liando el ultimo cigarro que te quedaba.
-Buenas noches, voy a cantar, let it go de Frozen-
La gente no sabía donde meterse, bueno, sí lo sabían, en el baño. Pero yo me refiero a la vergüenza que hiciste pasar a tanto intenso. Almas huérfanas de emociones que esperaban una poesía mal recitada sobre tu vida sexual o tu última ruptura, pero no, cantaste frozen.
"Suéltalo, suéltalo"- cantaba la gente-, pero no para hacerte los coros; se referían al micrófono, porque aquello era una tortura digna de la santa inquisición.
Al final salí contento porque hiciste lo que te dio la gana, de eso iban los micros abiertos. Pero creo sinceramente que aquella noche te abriste demasiado, porque me mostraste que no sentías, que sólo cantabas.
Justo antes de bajar la persiana encontré en la basura de la entrada un folio arrugado con tu poesía.
Tú te quedaste con la duda, yo me quedé con las ganas.
