miércoles, 3 de marzo de 2021

El faro de San Sebastián

Aún recuerdo aquella noche de enero como si fuera ayer. La humedad calando hasta lo hondo de mi pecho, las olas rompiendo contra las rocas y el tibio sonido de la espuma desvaneciéndose en la orilla plateada.

Esa mañana nadie durmió lo suficiente. El repertorio repicaba en nuestras cabezas sin sentido, letras inconexas que ya no rimaban, que solo repetíamos como tareas programadas. La tarde anterior cantamos donde lo había hecho "Er Chele", y yo creo que eso fué lo que nos proporsionó el empuje sufisiente pa revolusionarnos ya del tó...

Algunos lo hicieron mirando el cielo, otros preferían la química del diablo y otros la música de la viña.

El ensayo en la peña como siempre, flashblacks de Vietnam, para qué nos vamos a engañar. Pasacalle cortito y al pie; credenciales por doquier; el forillo eterno y purpurina hasta en los huevos (metafóricos los huevos).

—¡Los guitarras, id bajando!

—¿Tan pronto? Si el coro todavía va por el popurrí, quedan por lo menos cuarenta minutos.

—¿Tú tienes afinador?

—Afinador no, tengo ansiedad.

—Me vale, vámonos para el escenario. 

Total, que ahí estábamos los tres, escuchando el popurrí del coro mientras afinábamos las guitarras y Miguel Ángel Fuertes nos tranquilizaba diciéndonos que nos diéramos prisa, que el coro ya estaba terminando. 

De la actuación no recuerdo mucho, mi cerebro se esfuerza en borrar todas las experiencias traumáticas, y a pesar de que últimamente no de abasto, el chaval cumple. El pitorreo de las redes, las octavillitas pitingueras y gente de derechas con el puño en alto...

Lo mejor vino después.

El camino del Falla a la peña fue casi más corto que el pasacalle, recuerdo que me cambié corriendo y apenas tuve tiempo para despedirme de mis compañeros. Cogí al más listo del lugar y nos fuimos a dar un paseo.

Y allí, a las 4 de la madrugada, frente al faro de San Sebastián y África por delante me di cuenta de lo que quería ser de mayor: Libre. 

Reírme de la vida,  hacer las cosas porque no y porque sí, sin rendir cuentas a nadie, sin pedir permiso. No sé si fue la fuerza del padre de los vientos o el silencio estremecedor después del jolgorio del populacho, lo cierto es que algo en mí se encendió aquella noche. Un proceso en espera que pasó a ejecutarse en ese mismo instante, como si el planificador de mi alma decidiera que aquel era el lugar y el momento.

Cada noche, cuando pienso que no puedo más, cuando el peso del pesimismo hunde los soportes de mi cordura, viajo hasta aquel mismo instante, para volver a volar, para volver a viajar a donde me de la gana. 

Cádiz es inevitable.