Sin embargo hay algo más, una conexión espiritual con el mundo que nos rodea más allá de la mente, más allá de las capacidades individuales, somos capaces de ser. El hecho de ser conscientes de nuestra propia existencia y nuestra trascendencia en esa millonésima parte del tiempo cósmico llamada vida nos hace únicos e irrepetibles en esta realidad.
La maestra está a punto de entrar en clase, un murmullo anuncia de forma inequívoca su llegada. Es entonces cuando comienza la lección de hoy:
Entendamos entonces el universo como una sucesión de números infinita a la cual le agregamos constantemente números aleatorios. Muchos de estos se repiten, claro está. No obstante, si elegimos una serie de números de un tamaño específico (cincuenta millones de cifras por ejemplo), el hecho de que haya una serie idéntica se torna algo más complicado. Cada uno de nosotros somos una serie diferente de cincuenta millones de cifras.
En este punto habrás comprendido ya que a pesar de ser difícil, es altamente probable que si agregamos infinitamente números a esa lista, tarde o temprano vuelva a repetirse la misma secuencia.
Ahora analicemos la serie en sí. Tuvimos que empezar en algún momento y en algún lugar a escribir el primer número. Lo hicimos en el momento 0, en la posición 0. Han pasado desde entonces mil millones de momentos.
Según esta teoría existimos en el pasado, nuestro número de cincuenta millones de cifras existió, existe y existirá en un futuro, hasta la eternidad, hasta que dejemos de sumar números a la lista. Podemos morir en nuestra realidad, pero no moriremos jamás en el espacio-tiempo.
Y a mí qué me importa toda esa monserga, lo único que quiero es salir de esta clase, emborracharme con mis amigos y cerrar el último bar de este universo. Las noches llorando frente a mi ventana y la luz del flexo parpadeando fueron mis enemigas durante todo este tiempo. Cómo voy a preocuparme de si hay otras versiones de mí por ahí en el tiempo, si ni siquiera soy capaz de encontrarme a mí mismo en este.
Y así acababa la entrada de su blog, con una sonrisa en la cara que acontecía un plácido sueño. Cerró la tapa del ordenador y se arropó con sus mejores mantas, era feliz con su vida.
Gracias a Dios que en el tiempo que le tocó vivir, la gente no salía a la calle ni tenían contacto físico. Su madre le contó una vez por videollamada, que hace diez mil años, una pandemia separó a la gente de sus seres queridos, obligando a la humanidad diez años después a vivir aislada, y dejó al planeta sin la mayor técnica de conexión ancestral jamás conocida, los abrazos, exponiéndola a cientos de años de lágrimas, lágrimas que esperan todavía su momento para desaparecer en esta interminable serie de números.