"Cafelito que en mi cuerpo
es transfusión de sangre nocturna,
como la boca de un lobo, volcán que hierve;
carbón y espuma."
Quiero rendirle un homenaje a todos esos momentos que pasamos en familia acompañados de uno. Cuando la tarde se asoma, cuando la madrugada hierve a las cinco, cuando el sonido de las calles por abrir resuena en la cabeza de un estudiante prisionero de sus dudas e incertidumbres. Cuando el intenso olor de la droga blanda despierta a los muertos en vida, cuando por menos de un euro aclaramos nuestras dudas antes de saltar al ruedo en la cantina.
Cuando es motivo de celebración, cuando durante un parón bebemos su esencia a trago corto. Cuando por disfrute lo alargamos hasta las tantas de la tarde en compañía de amigos y hermanos, en la terraza de un restaurante. Ritual que se lleva por delante todos los males de amores en un intenso pero breve instante.
El café del "tenemos que hablar", el de "tengo que contarte algo", el de "lo siento, pero se ha acabado"...
Cafelito de antes de la final del falla, el de después de echar un polvo, el de llorar con tu hermano a la luz de la luna.
Café de ahora, café de entonces, café y coñac, café y cigarro, café, mujeres y viceversa, con edulcorante y pastas adornando la pobre mesa, café en silencio ¡Coño! (Esto es de Melendi, creo), café de domingo de resurrección después de una resaca importante.
Muchas formas de vivir y beber el elixir de la vida, cuando llegue el día y volvamos a vernos como antes. Beberemos el café más largo de nuestras vidas, volveremos a abrazar y a agitar con rabia el sobre de azúcar, porque nos merecemos disfrutar de ese placer, porque nos lo hemos ganado a pulso.
Porque solo así, despertaremos de esta pesadilla.
Gracias a Miguel A. García Argüez por inspirarme con su poesía para este artículo.
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